Hoy, a las 19.30 horas, la Comunidad
Israelita Sefaradí del Uruguay recuerda un nuevo aniversario del Edicto de Expulsión
de los Judíos de España. Con la oratoria del ex Presidente de la República, Dr.
Julio María Sanguinetti. En 1492, la oleada de violencia contra los judíos
culminó con la expulsión de los que se negaron a abandonar su religión. Se
encaminaron a un exilio que muchos consideraron temporal, pero que se convirtió
en definitivo. Para mayor información histórica, publicamos el artículo “La
expulsión de los judíos” de José Calvo Poyato (Historia y Vida)
Historia y Vida, España
LA EXPULSIÓN DE LOS JUDÍOS
Por José Calvo Poyato
En 1492, la oleada de violencia contra los
judíos culminó con la expulsión de los que se negaron a abandonar su religión.
Se encaminaron a un exilio que muchos de ellos consideraron temporal, pero que
se convirtió en definitivo.
Para comprender la
expulsión de 1492 es necesario considerar la cadena de sucesos que tuvieron
lugar a lo largo del siglo XV. A raíz de los ataques perpetrados contra los
judíos cien años antes, muchos optaron por recibir las aguas del bautismo.
Hubo, sin duda, conversiones sinceras, pero en numerosos casos se trató de una
solución frente a las amenazas.
En estas circunstancias, a lo largo de la
centuria tomó cuerpo la cuestión de los conversos, como se llamaba a los judíos
que abrazaban el cristianismo. El volumen de las conversiones fue importante,
pero el número de judíos que no apostataron y se mostraron firmes en el
cumplimiento de la ley de Moisés siguió siendo considerable, y sobre ellos
cayeron invectivas y ataques.
La creciente cifra de conversos dio lugar a
la aparición de denominaciones que tenían como objetivo diferenciarlos de
quienes pertenecían a familias de “cristianos de toda la vida”. Estos serían
los cristianos viejos, mientras que a los primeros y sus descendientes se les
dio el nombre de cristianos nuevos.
Con el paso del tiempo no fue una mera
distinción social, sino un baldón que cercenaba posibilidades y cerraba las
puertas de las instituciones públicas. Entre los cristianos viejos caló la idea
de que no había sinceridad en las conversiones de los cristianos nuevos.
Cumplían con las prácticas de la religión
cristiana: bautismos, asistencia a la misa dominical, confesión, comunión y
otros preceptos eclesiásticos. Pero en secreto seguían practicando la ley de
Moisés. Esta creencia, muy extendida, seguía alimentando leyendas como la de
los sacrificios rituales de niños en Semana Santa.
Discriminación oficial
En 1449 se produjo la primera
discriminación institucional de los conversos. Fue en Toledo, cuyo cabildo
municipal promulgó un bando declarando que no podían ocupar cargos públicos.
Era la respuesta a un impuesto ordenado por el condestable don Álvaro de Luna,
cuyo cobro fue encomendado a recaudadores conversos.
Llaman la atención las causas que se
esgrimían en el bando. Se acusaba a los conversos de ser descendientes de
quienes traicionaron al reino, colaborando con los musulmanes en el momento de
la invasión. También se les achacaba ser “por la mayor parte infieles y herejes
que han judaizado y judaízan, y han guardado y guardan los más de ellos los
ritos y ceremonias de los judíos, apostatando de la crisma y bautizo que
recibieron con cuero, y no con el corazón y la voluntad”.
Se acusaba a los conversos de ser la mayor
parte infieles y herejes que todavía practicaban los ritos y ceremonias de los
judíos.
Tales denuncias llevaban a que se les
considerase “infames, inhábiles, incapaces e indignos de haber todo oficio e
beneficio público y privado en la dicha Ciudad de Toledo y su tierra”.
La decisión del cabildo toledano refleja el
ambiente de la época, y son muy significativos los elementos que se dan en el
bando. La protesta no es contra el pago de los tributos, sino contra quienes
los recaudan.
Se les acusa principalmente en materia
religiosa, poniendo en duda que su cristianismo sea sincero. Este
cuestionamiento acompañará siempre a los conversos y hará decir a uno de ellos,
el poeta Antón de Montoro: “Pese a comer ollas de tocino grueso y torreznos a
medio asar, nunca pude matar el rastro de confeso”. En un primer momento, lo
ocurrido en el ayuntamiento toledano encontró el repudio de ciertos sectores de
la jerarquía eclesiástica, que llegaron incluso a conseguir que el papa
promulgase la bula Humani generis inimicus, en la que se rechazaba todo
principio de diferenciación entre cristianos.
Sin embargo, en las décadas siguientes
triunfaron las tesis discriminatorias. Los antecedentes judíos pesaron más que
la conversión al cristianismo, lo que se sumaba a las dudas acerca de la
sinceridad de ésta.
Ritos combinados
Algunos testimonios señalan que la
religiosidad de los conversos abarcaba un abanico de amplias posibilidades,
desde los cristianos sinceros hasta los incrédulos que cumplían con las
apariencias.
Un número considerable eran los que el
historiador Caro Baroja denominó “vacilantes”: vivían una religiosidad en la
que se mezclaban preceptos de la fe cristiana con elementos del judaísmo.
Un número considerable de conversos vivían
una religiosidad en la que se mezclaban preceptos de la fe cristiana con
elementos del judaísmo.
En su crónica del reinado de los Reyes
Católicos, Hernando de Pulgar nos dejó un testimonio elocuente: “Se hallaron en
la ciudad de Toledo algunos hombres y mujeres que escondidamente hacían ritos
judaicos, los cuales con gran ignorancia y peligro de sus ánimas ni guardaban
una ni otra ley; porque no se circuncidaban como judíos, según es amonestado en
el Testamento Viejo, y, aunque guardaban el sábado y ayunaban algunos ayunos de
los judíos, no guardaban todos los sábados ni ayunaban todos los ayunos, y si
hacían un rito no hacían otro, de manera que en la una o en la otra ley
prevaricaban. Y hallóse en algunas casas el marido guardar algunas ceremonias
judaicas y la mujer ser buena cristiana, y un hijo ser buen cristiano, y el
otro tener opinión judaica, y dentro de una casa haber diversidad de creencias
y encubrirse unos a otros”.
Malas influencias
Poco antes del reinado de Isabel y Fernando
había, tanto en las filas de los cristianos viejos como en las de los
cristianos nuevos, gentes muy rigurosas con el cumplimiento de los preceptos
religiosos, mientras que otras mostraban tibieza.
Se pensaba que esa poca firmeza en la fe
respondía a las relaciones con los “judíos de la sinagoga”. Es decir, la
existencia de judíos en los reinos hispánicos era considerada un grave peligro
para la pureza de la fe, no solo para los recientemente convertidos al
cristianismo, cuyas creencias eran vacilantes, sino incluso para los cristianos
viejos.
La existencia de prácticas heterodoxas y el
convencimiento de lo falso de muchas conversiones llevaron a instituir la
Inquisición en fecha temprana del reinado de los Católicos.
Fue mediante la promulgación en 1478 de una
bula papal titulada Exigit sincerae devotionis affectus. Uno de sus párrafos
resulta particularmente significativo para entender las causas de la expulsión
posterior: “Sabemos que en distintos pueblos del reino de España, muchos de
aquellos que, por propia iniciativa, han sido regenerados en Jesucristo por las
aguas del bautismo, han vuelto secretamente a la observancia de las leyes y
costumbres de la superstición judía […] incurriendo en las penalidades
previstas contra los herejes por las constituciones de Bonifacio VIII”.
La creación del tribunal del Santo Oficio
nos sitúa ante una de las causas de la expulsión de 1492: el grave riesgo de
heterodoxia que suponía el contacto de los cristianos, principalmente los
conversos, con los judíos. En los años inmediatamente posteriores a la
implantación de la Inquisición, que coincidieron con la guerra de Granada, las
pesquisas del tribunal confirmaron que el criptojudaísmo (falsa conversión) era
una realidad con amplias ramificaciones.
El descubrimiento de un complot para matar
a los inquisidores, en el que estaban implicadas las más importantes familias
de conversos sevillanas, propició que las sospechas sobre los conversos se
extendiesen por doquier.
En la diana
La conclusión de la guerra contra los
musulmanes (la entrega de Granada a los cristianos se efectuó el 2 de enero de
1492) hizo que los reyes, que habían concentrado todas sus energías en el
conflicto, dirigieran su atención a otros aspectos del reino.
El Decreto de la Alhambra daba cuatro meses
para que los judíos que no se convirtieran abandonaran territorio peninsular,
Sicilia y Cerdeña.
Isabel y Fernando, conscientes de ostentar
ya un poder real consolidado, hicieron público el decreto de expulsión de los
judíos, conocido como Decreto de la Alhambra o Edicto de Granada. Está fechado
el 31 de marzo. En dicho decreto se establecía un plazo de cuatro meses para
que quienes no recibieran las aguas del bautismo estuvieran fuera de los
territorios peninsulares de la monarquía, así como de las islas de Sicilia y
Cerdeña.
También se contemplaban los bienes que los
expulsados podían llevar consigo y las penas en que incurrirían quienes
trataran de burlar la expulsión o retornasen de forma clandestina.
Por el contrario, se señalaba la
benevolencia con que serían recibidos en caso de aceptar el bautismo. En
realidad, hay tres versiones del decreto de expulsión. Una está fechada el 20
de marzo en Santa Fe, y fue redactada por el inquisidor general, Torquemada,
dirigida al obispo de Gerona. Las otras dos están fechadas en Granada el 31 de
marzo: una para la Corona de Castilla, firmada por Isabel y Fernando, y otra
para la Corona de Aragón, con la firma de este último.
Mucho se ha especulado sobre la fecha en
que los reyes tomaron esta decisión, que suponía la eliminación de una de las
tres religiones que practicaron los españoles a lo largo de la Edad Media.
Las Capitulaciones de Granada, discutidas y
acordadas en las semanas finales de 1491, contemplaban el respeto a las
creencias de los musulmanes, a quienes se permitía elegir entre abandonar la
península y permanecer en ella.
Si la decisión de expulsar a los judíos que
no se bautizaran se tomó en torno a estas fechas, todo invita a pensar que el
contenido de las capitulaciones (al menos en lo referente al respeto de la
religión de los musulmanes) no sería sino una estratagema política para acelerar
la rendición de la capital de los nazaríes.
El escenario político-religioso era
ciertamente complicado. El hecho de que las concesiones religiosas de las
Capitulaciones de Granada fueran incumplidas diez años más tarde, con la
expulsión de los musulmanes en 1502, puede servir para explicar algunas de las
razones que llevaron a los Católicos a tomar la decisión de 1492. En cualquier
caso, los motivos de la expulsión de los judíos constituyen uno de los temas de
debate clásicos de la historiografía española.
Lucha de argumentos
Los expertos han apuntado en numerosas
direcciones. José Amador de los Ríos señaló en el siglo XIX como causa, amén
del celo religioso de los monarcas, la búsqueda del aplauso popular. En esta
última tesis insistió después Américo Castro, señalando el deseo de la Corona
de congraciarse con el pueblo, que dispensaba un odio feroz a los judíos.
La animadversión popular fue también
esgrimida por Claudio Sánchez-Albornoz, que la justificaba por la práctica de
la usura y la acumulación de riqueza en manos de los judíos.
En España la expulsión de los judíos
anticipaba lo que sería común en la Europa del Antiguo Régimen: una ley, una
fe, un rey.
El historiador norteamericano Stephen
Haliczer la ha considerado el resultado de una alianza de las oligarquías
urbanas antijudías con la Corona, y el británico Henry Kamen señala que el
motivo ha de buscarse en el enfrentamiento de la nobleza y el clero con una
incipiente burguesía, que tendría en los judíos a sus principales integrantes.
El hispanista francés Joseph Pérez rechaza
que las presiones populares, que nunca movieron la voluntad de los reyes, o que
la usura (indica que solo en una de las tres versiones de los decretos de
expulsión se alude a ella) tuvieran importancia en la expulsión. Tampoco admite
que los judíos constituyeran la esencia de la burguesía. Apuesta por la
influencia de la Inquisición, que consideraba la expulsión como la mejor forma
de acabar con el problema de los conversos judaizantes, y sobre todo señala la
búsqueda de una identidad nacional.
Para Isabel y Fernando, como para todos los
reyes del continente, esa identidad significaba imponer la cultura dominante.
En España, el cristianismo había salido triunfante, y, con la expulsión de los
judíos, el país anticipaba lo que sería norma común en la Europa del Antiguo
Régimen: una ley, una fe, un rey.
Posiblemente, con la expulsión los monarcas
tuvieron un error de cálculo, al pensar que la publicación del decreto llevaría
a la mayoría de los judíos a aceptar el bautismo. No fue así.
Se ha especulado mucho con la cifra de
expulsados. Los historiadores israelíes Yitzhak Baer y Haim Beinart la sitúan
en más de 150.000 el primero y en 200.000 el segundo. El francés Bernard
Vincent sostiene que fueron entre 100.000 y 150.000, y Joseph Pérez amplía el
abanico a entre 50.000 y 150.000. Historiadores españoles como Antonio
Domínguez Ortiz, Valdeón o Luis Suárez dan como más probable la cifra de
100.000 expulsados, que Jaime Contreras rebaja hasta situarla entre 70.000 y
90.000. Se trata, pues, de cifras para la discordia.
Únicamente se conocen datos fragmentarios
acerca de los judíos que optaron por bautizarse. Sabemos, por ejemplo, que en
Teruel se bautizaron en un día cien personas y que los regidores iban casa por
casa instándoles a hacerlo, porque su marcha significaba la ruina de la ciudad.
O que algunos nobles, caso del duque del Infantado, hicieron lo propio en las
aljamas situadas en poblaciones de sus dominios señoriales.
Pero carecemos de cifras globales. Todo
parece indicar que la mayor parte de la población judía de Castilla y Aragón se
mantuvo fiel a sus creencias religiosas, y asumió las duras condiciones
contempladas en el decreto de expulsión y los rigores del exilio.
Muchos judíos, sobre todo de la Corona de Aragón,
embarcaron hacia ciudades italianas como Génova o Nápoles.
El destino de los expulsados fue muy
variado. Muchos, sobre todo de la Corona de Aragón, embarcaron en los puertos
del Mediterráneo y se dirigieron hacia ciudades italianas como Génova o Nápoles,
con el propósito de instalarse en ellas disimulando su condición de judíos o de
pasar a los Balcanes u otras zonas del Imperio otomano, donde los recibieron
con benevolencia.
Otros marcharon a Inglaterra o Flandes. Los
judíos castellanos eligieron generalmente Portugal o Navarra, que aún no había
sido incorporada a la monarquía de los Reyes Católicos. Su situación fue
transitoria. En 1497 se decretó su expulsión de Portugal, y un buen número de
ellos emigró entonces al norte de África. Los que habían buscado refugio en
Navarra hubieron de marcharse a partir del año siguiente; la mayoría cruzó la
frontera francesa.
Durísima despedida
Se les extorsionó en la obligada venta de
las propiedades que no podían llevar consigo, y las vejaciones y los atracos de
que fueron objeto en muchos lugares de destino, o por parte de quienes los
transportaron hasta ellos, fueron incontables, incluidos algunos casos de
asesinato.
En Portugal les exigieron pagos
exorbitantes por cruzar la frontera, y una vez en el país fueron robados y
maltratados. Lo mismo les ocurrió a los que llegaron al norte de África. Ello
hizo que algunos volvieran y adoptaran el cristianismo como religión.
Andrés Bernáldez, cura de Los Palacios
(Sevilla), que dejó escrita una historia de los Reyes Católicos, cuenta que
bautizó a algunos de los que retornaron: “Descalzos, desnudos y llenos de
piojos, muertos de hambre y muy mal aventurados, que daba grima verlos”.
Hoy día todavía se debaten las hipótesis en
torno a si la expulsión de los judíos tuvo un fin religioso o político.
Se ha debatido largamente sobre las
consecuencias de la expulsión. La primera, sin duda, fue de tipo demográfico,
en unos territorios que no iban sobrados de población. En este sentido, las
pérdidas de la Corona de Castilla fueron más graves que las de Aragón. En el
terreno económico resultaron particularmente negativas, puesto que una parte
importante de las finanzas del reino estaba en manos de banqueros judíos,
aunque no todos se marcharon. Graves también fueron las consecuencias en
algunas actividades profesionales, como la medicina, el comercio y las
artesanías.
Las hubo, desde luego, en el campo de la
cultura: pensadores, escritores, astrónomos o cosmógrafos de primera línea
emigraron, y con su marcha se perdió una parte importante del acervo cultural
de la España de aquel tiempo.
A los expulsados y a sus descendientes se
les conocerá como judíos sefardíes, nombre derivado de Sefarad, la denominación
de España en hebreo, al menos desde época medieval.
Los expulsados se llevaron consigo,
probablemente porque no descartaban el retorno, las llaves de las casas que
dejaban en España. Sus familias las conservaron durante generaciones como una
reliquia, símbolo de un tiempo que, en su imaginario colectivo, había sido de dorado
esplendor.
Mantuvieron numerosas costumbres, como el
habla, leyendas, romances, canciones, recetas de repostería y, aunque suene
paradójico, el orgullo de sus raíces culturales hispanas.
A más de quinientos años
de distancia, siguen las hipótesis en torno a si la expulsión tuvo un fin
religioso o político. En uno y otro caso, la búsqueda de la unidad, quizá como
estratagema para reforzar la monarquía de los Reyes Católicos, aparece como un
elemento incontestable.
CISU recuerda hoy, la expulsión de los judíos de España
13/Mar/2018